Exhiben tal cual la escalera de mármol que subió Jesús para su juicio

La “Escalera Santa”, que Jesús subió para enfrentar su juicio de crucifixión en Jeresulén, se puede visitar ahora sin restricciones en Roma. Son 28 peldaños de mármol que hasta hace poco estaban recubiertos por maderas. Por primera vez en tres siglos, se pueden tocar. Pero sólo durante los próximos 60 días, hasta Pentecostés cuando vuelvan a colocar las maderas.

Según informó el periodista de EFE, Gonzalo Sánchez, la escalinata de mármol fue restaurada durante los últimos dos años, desvelando algunos de sus secretos mejor guardados, y para su inauguración al descubierto fue bendecida por el cardenal vicario de Roma, Angelo De Donatis, que esparció agua bendita con un hisopo.

Los peldaños se ubican dentro de un edificio próximo pero independiente a la basílica de San Juan de Letrán de Roma y suponen uno de los lugares de peregrinación más visitados de la ciudad.

De acuerdo a una antiquísima tradición, Jesús subió esta escalera en el palacio pretorio de Jerusalén donde fue condenado a muerte y fue trasladada a Roma en el 326 d.C por orden de Santa Elena, madre del emperador Constantino, quien en 313, en virtud del Edicto de Milán, legalizó el cristianismo y lo hizo religión oficial del Imperio tras siglos de persecuciones.

En un primer momento la escalera se encontraba en un pórtico fuera del palacio Lateranense, sede papal antes del Vaticano, pero fue Sixto V quien en 1589 ordenó construir un edificio específico para albergarla dada su ya extendida veneración.

Se compone de veintiocho peldaños de mármol blanco que conducen al “Sancta Sanctorum”, una pequeña capilla donde los pontífices se recogían en oración hasta el medievo, enormemente rica en reliquias y que solo puede observarse a través de una gruesa reja.

No hay peregrino católico que no pase por la “Scala Santa” en su periplo a Roma y muchos cada día cumplen con la tradición de subirla de rodillas para obtener a cambio la indulgencia de sus pecados.

Pero desde este viernes y durante los próximos 60 días, hasta Pentecostés, pondrán hacerlo además pisando el mármol original, pues los listones de madera de nogal que la cubrían y protegían desde 1723, por orden del papa Inocencio XIII, han sido retirados para su restauración.

Su descubrimiento suscitó gran interés entre los fieles, que se agolparon a las puertas del edificio para ser los primeros en tocar el mármol, provistos eso sí de bolsas de plástico en los pies para no mancharla, sobre todo en esta lluviosa jornada en Roma.

Al retirar las tablas que protegían estos peldaños se han desvelado secretos fascinantes, como la presencia de tres cruces donde se cree que cayeron gotas de sangre de Cristo: una de bronce en el último peldaño, otra de mármol rojo en la primera y otra en el úndécimo, donde dicen que Jesús tropezó y rompió la piedra.

Pero también ha permitido descubrir una enorme cantidad de monedas, billetes y cartas con plegarias, temores, deseos e inquietudes que durante años los fieles han ido colando por las rendijas de la madera y que ahora serán adecuadamente estudiadas, avanzó la directora de los Museos Vaticanos, Barbara Jatta.

Lo que más llama la atención de esta escalera es precisamente la forma que ha adquirido el mármol, deformado por el paso de miles y miles de fieles durante su inabarcable historia, hasta el punto de que la piedra de algunos peldaños se muestra perforada.

La restauración de la “Escalera Santa” y de la madera que la cubría es solo una parte de un mucho más amplio proyecto de mejora de todo el complejo lanzado desde 2000, sobre todo sus ricos frescos, hasta ahora muy dañados e incluso resquebrajados.

Especialmente se ha arreglado profundamente los ciclos pictóricos de las paredes y la bóveda que delimitan la escalera, que por siglos sirvieron de “Biblia pauperum”, el libro de los pobres, pues ilustraban a los fieles analfabetos sobre los distintos pasajes bíblicos.

Estas labores también han desvelado otras sorpresas como muchos grafitis, pinturas canceladas por el deseo de algún pontífice e incluso un garabato con el que uno de los pintores que decoró el edificio dejó su improvisado retrato para la posteridad.